sábado, 19 de febrero de 2011
sábado, 5 de febrero de 2011
domingo, 9 de enero de 2011
jueves, 6 de enero de 2011
Revisión de Bécquer
hoy creo en Dios.
lunes, 13 de diciembre de 2010
X,T,C,SA, Mesa de la Hierba
Mira todas esas formas que van surgiendo como augurios en torno al cielo. Le dije, mientras la veía mover la rama de un lado a otro, haciendo espacio para poder caminar. Se detuvo. La música había cesado, dejando en su lugar el rumor de los pinos, el avanzar sigiloso de los grillos. La naturaleza oculta la mayoría de las veces su lado siniestro, ese modo de imponerse una ley en contra del orden que se quiere dispuesto por Dios, o alguna metempsicosis colectiva: Los gatos monteses son devorados por las cabras, o los coyotes son transformados en ungüentos para aliviar cosas tan desarticuladas como las desconchabaduras. Pero hacía mucho que el magnetófono había cesado de reproducir su letanía. La tarde traía un sol indeciblemente fragmentado y solo podíamos seguir caminando. La sangre de los reptiles. El olor de la leña calentando el interior de alguna casa, o haciendo hervir el preparado de la comida. Eso era fragmentado, moviéndose a una misma velocidad para asemejar constancia, para aparentar un flujo. Lejos había quedado la casa dispuesta en un desorden elemental y justo, abierta a los cambios palpables con los pies descalzos. Ahora frente a nosotros estaba el arrebato de las hojas, imponiéndose en varias capas de densidad visible. Yo te dije… pero entonces un crujir partió el camino entre el lodo y las hormigas. Una mula cargaba un montón de leña, trayendo detrás de sí el cansancio de la mañana. Abordamos el camino, que seguía bajando. Saltaste por entre los millones de hormigas; Tomaste algunas y las hiciste subir en ti para después dejarlas reposar en los murales pintados de un libro. Todavía no lo sabíamos, pero más adelante habría frutos de café, y cosas frescas para dejar caer por la garganta. Por el momento había la vegetación densa, y el recuerdo de un descanso en la base de un árbol, que había traído letras lejanas, de Astillero. Un tal Larssen o Juntacadaveres, demacrado, como un espectro en vida, volviendo del exilio para dejar su marca pardusca en las barras de los bares, entre los iris de comensales más atentos al sabor dulzón de la salsa que a la aparición de un fantasma. Nuevamente te vi dirigir la orquesta con tu rama. Así había más espacio para dejar al hambre llegar desde el exterior de las mandarinas. El libro, por cierto, de dimensiones considerables que albergaría a las hormigas, era de esos que te gustaba llevar bajo el brazo, con la esperanza de hacer surgir un libro más pequeño en su interior, a fuerza de tanto aire y sol y hormigas revolviéndolo como arcilla. Las mulas nos gustaban. Había una blanca comiendo apaciblemente sobre una pendiente, acomodándose para acceder al montículo de hierba. Era blanca, y nos recordó a Constancio Cloro. Yo inventaba la imagen que me permitía recordar en base a lo que me habías contado antes, entre pergaminos rugosos, y tipos rellenos de tinta, para percutir el tambor giratorio. Pero era Constancio Cloro de nuevo. Estaban las montañas después cultivadas, y esa sensación de haber visto antes inscrito en una flecha Mountain. Era así el sopor de la tarde anterior, traído a otra tarde, donde solo faltaba la niebla.
miércoles, 10 de noviembre de 2010
Siendo algo proveniente de ti, tenía la certidumbre de la cornisa, su modo de estar ahí para cortar la lluvia
Siempre me decías que el café recién molido, lo usabas para adornar las pequeñas esculturas fabricadas con pedacitos de ramas y hojas de té, acomodadas frente a la ventana con un letrero escrito en letras rojas, prometiendo trueques justos por fruta fresca o animales vivos, así que sonreíste al darte cuenta que desde la distancia de las notas que iba sacando de mis bolsillos, te había sorprendido al momento de llevarte a la boca una gran cucharada. Me acerque para besarte, y sentir la presencia granulosa del café entre tus labios, y aprovechaste para tomar de mi mano uno de los minúsculos retazos de papel y tinta. Tenían datos sobre la ciudad: nombres borrosos, direcciones de gente cuyos rostros se perdían prontamente en el anonimato, anotaciones sueltas de conversaciones apenas legibles tras una ventana, discusiones de café entre parejas e insectos, constancias de los múltiples nombres de algún árbol creciendo a sus anchas sobre el concreto (haciendo por lo tanto, peligrar la estructura inanimada de una casa), códigos postales, números telefónicos, anuncios publicitarios, bocetos de puertas, listas de sabores, nombres de libros. Coloqué un nuevo rollo de papel en la máquina de escribir, y entonces dejé andar a Abdul sobre los tipos. La música que producía era fantástica, y mucho más el tratar de leer lo que escribía en su constancia milimétrica. Pronto sacó la lengua saboreándose un jugoso pedazo de carne, y saltó bajo la mesa, para acariciarse entre tus piernas. Yo despejé el escritorio, tildado con algunas tazas y pedacitos de vidrio, y comencé a acomodar mis notas, a montarlas junto a las palabras de Abdul. Del pegarlas con un poco de goma líquida, nacían cuadros de colores, por donde podían construirse historias, trozos anchos de material que salir a pegar a las calles bajo las buhardillas o entre los pizarrones de anuncios clasificados. Algo que hiciera a la ciudad crecer sobre sí misma, como una enredadera…
lunes, 8 de noviembre de 2010
2-2-78
Todo ese parloteo llegaba sin ningún sentido, que marlopa, Que farla, pero sin contar los dedos amputados por la corregidora, o el alboroto arriba de las casandras, incendidas por tanta melancolía melómana. Siempre me había escuchado poniendo a Bethoven a todo volumen, pero esto era demasiado, se nos escapaba en el buen sentido, ese de los pájaros dando pequeños saltos y los platos llenos de frijoles. Los gatos estaban atentos a las variaciones mínimas de la temperatura, con sus bigotes-termostato, apuntando para todos lados, tratando de captar algo en microondas al menos, una señal de radio, que solo fuera posible con cierta temperatura; devenir todo ese estudio en causalidad, era necesario, pues de calor no entendían nada, pero si mucho de las estaciones radiales y sus concomitancias climáticas.