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martes, 5 de abril de 2011

De lo provisorio

Las paredes respiran, o esa es la impresión que dejan llegar a Palo Alto, el último punto en la altura para observar la caída de los cielos y el agua, formulando en su posición aérea el diálogo con las regiones mortales de la tierra. Es a través de la lluvia que todo lo yaciente en la anomía reverdece, actuando bajo un embrujo sumo. Si hubiera que elegir entre dejar al rocío caer sobre una cama de hojas secas, donde los insectos elaboran su delicada cultura, o sobre los cementerios donde las rocas adquieren rostros nuevos, llevando sobre sí el nombre propio de quien ahora alimenta enredaderas o dota de sabia vivificante a un árbol de guayabas, el sabor del fruto maduro es de incidencia decisoria inobjetable. Basta atravesar el umbral enmohecido, ver las cruces multiplicándose como osarios o plumas de ave, y el aroma inmediato trae a presencia lo comestible.

Y mira, puedo recordarte tomándome de la mano para hacerme subir al árbol con sus hojas como palmas abiertas. Tenias en la boca la carne de los frutos rodeando el contorno de tus labios, y yo pensaba en el tiempo que nos llevaría encontrar los caracteres rocosos, los indicios de una naturaleza apoderándose de los monumentos humanos. Pero no era tan importante, yo quería besarte, y una mordida dulce era suficiente para enfocarnos en la antropofagia, ese modo de invocar otro tiempo. Y por ahí se puede leer el sacrifico de amor cortés de los amantes, corazón bajo cubiertos en la equidistancia de los bordes del plato, y la ingesta diegética, la narración que lleva a la sangre entre los molares y el trabajo de los incisivos la vida del otro, su latido suave. Una historia, y tus ojos abiertos como enigmas, mientras afuera la lluvia




sábado, 29 de agosto de 2009

Paisaje al atardecer

Mi amada loca que riza y risa, va dejando la leche quemada ser aroma cierto entre el dulzor de los gladiolos. Con sus dedos tensa el aire de cuerdas voluminosas y ligerísimas, y canta su voz amplia como la distancia de las palmas de sus pies a las de sus manos: fresca línea que toma su espalda haciéndola plaza de lanzamiento y de ver volar y volar su faz de amanecer. ¿Qué puede decirme cuando la interrogo con la mirada nocturna que se va cultivando camaleónica entre fugaces luces? Puede decirme, amada mía, la tierra suave de lo esteros, mírela correr la dorsal de los cocodrilos, cruzar el bostezo de los anfibios sin nombre que se procrean desde la aurica incursión del sol a los espejos de agua, elevarse en espasmos monosílabos hecatómbicos y nucleares. Luego usted me observa mientras va sacando esferas multicolores del agua, es la materia con que se imprime sobre los juncos extendidos una vez que se han secado a fuerza de poemas andróginos. La fertilidad es otro paso en la reproducción de los versos exactos, que lanzamos amarrados a flechas hacia el corazón de las rocas, estas poetas, que viven del ocio sagrado, se abren al recibir el impacto, cediendo con su mismo centro el secreto que puesto sobre el fogón, revienta con el ruido instantáneo de las hojuelas de maíz, dejándonos un festín enfrente, lleno de formas alargadas como peces, vino, y vegetales verdes y azules. Entonces mi amada pone a calentar un poco de leche hasta que hierve, y se derrama; es ahí de donde venimos, de ese olor limpiando el espacio ocupado por ausencia entre la mesa y el florero. Es momento de extender un brazo que rodea su cintura, de soltar la voluntad libérrima de su cabello, de soñar despiertos que soñamos.

jueves, 6 de agosto de 2009

23:19

Quiero determinarme para restaurar una piedra antigua de antecedentes inmediatos. Señor indigente, ¿qué es pensar con uno mismo?, ¿qué es hablar delante de todos anunciando el fin del mundo?.

Prosigo a la orden del ocaso del bosque para acordarme del paradigmático arte de ceder y amarse en pocos pasos. Cualquiera se burla de mi tiempo y después se cristaliza en algún extremo del recuerdo y ahí me agrada pasar la mano por la piel del gato, cuando se eriza me constituyo como entre individual sirviendo a la nada, a algún otro que nada tuvo que ver en la emancipación del territorio en donde existo sin armar bosquejos de mi acción subsecuente a la dirección opuesta del viento, que me deposita una ofrenda de Luna, que me sirve como estribo para hallarlo.

Pero mi consecuencia no es responsabilidad de nadie. Caminando a través de una arroyo que divide el bosque me encontré varios cadáveres de insectos que algún intencionado colocó para advertirme que los arboles se caen a mis espaldas, que también soy señalado por la multitud triunfadora en zona de trabajo.

La opulencia arma contingentes para violentarme, saben que este territorio es mi fortuna, lo he amortizado con mi trastorno, he despojado de todo poder al “seminarista de los ojos negros”, a “la tortuga y la liebre” y a tres cochinitos exploradores, cena para lobos, alimento de siete enanos, humor negro de Blancanieves pervertida, ¡ah, a ella si la conocí en un bar para analfabetas funcionales! (…)

lunes, 3 de agosto de 2009

Te pusiste a pensar. Viste a Lepus acomodándose brillante, apenas bajo Canis Minor, y supiste entonces que la pretensión del reloj en tu muñeca de sacar a descubierto lo más íntimo del tiempo, se quedaba en una promesa de las que suelen elaborarse repisa para atrás, cuando la maquinita brilla como un corazón metálico pulsando el latido sin contratiempos, y la vitrina límpida aparenta sonreír cuando en realidad va preparando con las manos ocultas tras la espalda, la hincada definitiva que estalle el globo terráqueo en gajos. Son las nueve, exclamaste con seguridad determinante. Lorenzo de Tena detestaba la luna por ocultar las estrellas, pero en una extraña conciliación de espesores y alturas, lograste abrirte paso entre interferencias, y ver con ojos bien abiertos lo centelleante de esos puntos suspendidos. Ahora hay mejores telescopios, dijiste, con una dulce sonrisa, mientras el escalofrío subía por tu espalda, llegaba hasta la nuca y entonces decidías soltar tu cabello, dejarlo caer sobre tus hombros. Que bien te veías, observando a un lugar lejano, más allá de la plaza rebosante de charcos de lluvia; Bella con tu cabello negro, formas de noche y tacto. Los ojos y el tacto, los labios y el tacto, las manos y el tacto. Toda tacto como un rostro vuelto hacía el sol, que enseguida encontraba su correspondiente reflejo en los faroles amarillos, en el gusto cálido a chocolate que te llevabas a la boca. Y el sabor amargo es un misterio. Y las manos que se buscan en el agua de la noche el misterio de misterios. Dando vuelta al periódico como a los trazos de tu cabello. Cada letra en el papel tenía una línea correspondiente escurriéndose entre los dedos. ¿Recuerdas una taza de café? Luego el calor abriéndose paso, un brazo rodeando el frío desde los faros. Un dibujo apenas legible. Tú caminando, y unos ojos, y una sonrisa, y una fotografía, y un charco de luz sobre la mesa de noche.