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lunes, 10 de diciembre de 2007

Imagen #1

Se encontraba sentada en la orilla de una jardinera, esperando a que ocurriera lo previsto. Los papalotes interrumpieron el cielo; eran multicolores maches-china, hechos a semejanza de míticas criaturas y construcciones legendarias. Largas colas de hilo sostenían los moños de esas enredaderas voladoras.

Observó el espectáculo hasta que el sol cedió su luz a otra región del mundo, y los papeles flotantes volvieron a su madriguera para pasar la noche.

sábado, 17 de noviembre de 2007

De las aves en Skagen

Era el lugar donde la mar se rompe y era de tarde. Un viento helado como cuchillo de carnicero hería los rostros de los turistas, rostros tantos como gotas de agua en el mar hasta su borde. Entre todo eso, éramos sólo dos F y yo. Y F y yo nos dimos a la carrera, y nos dimos contra un viento helado de cuchilla a la batalla, en busca del final del mundo.

Tomamos nuestras manos, F y yo, como si ésa fuera la condición más necesaria para el origen de la tarde, ignorando si hay mar al final del mundo o si hay mar al final del viento, pero con la seguridad apretando entre las manos de que la carrera vale la caída, de que la carrera vale para el frío y de que el último en llegar invita las bebidas al regreso.

¿Cómo recordar ahora los helados desenvaines del viento contra nuestros párpados y la arena entre los ojos? Era el lugar donde la mar se rompe y era un frío digno del infierno, pero F y yo corríamos y el agua, la sal entre los ojos y las pestañas nuestras como guillotinas, no sé si recordarlas como el viento, pues con el viento volaron, ni sé si nuestras huellas permanecen.

Ni sé si es cierto pero creo que el viento nos lisió esa tarde, pues aunque llegamos al final, a la orilla de los mares, nunca he vuelto a correr, ni F puede recordarlo, y en el lugar donde la mar se rompe, algunas aves no saben nadar.

jueves, 25 de octubre de 2007

Aves de lago

Clori oidaba mi bigote. Me lo dijo en una de esas mañanas que se dedican a pasar y nada más, mientras yo acariciaba su cabello, sentados sobre la banca de falsa madera frente al sucio lago bañado de patos no tan limpios en el Parque México. Qué iba a yo saber que ése había sido siempre el problema. A Clori le bastaba mi bigote para olvidarse de las mañanas, los parques y las caminatas; cada uno de los bellos debajo de mi nariz la hacía detestar el viento en mi cabello, las inquietas pupilas de mis ojos buscándola, mis manos cálidas... en fin, si ella recordaba mi bigote se iban hasta el mismo agujero el parque entero y la mitad de los patos.

¿Pero qué hago yo con estas terribles ganas de Clori? Ganas de tomar su ombligo con la punta de mi mano derecha, su nuca con la mano izquierda; ganas de encerrarla prisionera entre mis brazos, aventarla contra la superficie de la banca, trepar sobre su cuerpo tan de Clori, y dejar las mañanas enteras, las caminatas, todo el parque y la mitad de los patos en sus labios. Ganas de ella entre mis dientes. ¿Qué hago yo conmigo entonces? Jamás supe si ella tenía que rasurarse antes de visitar los parques o no, ni me interesó saberlo; simplemente jamás sería perdonado.

Claro, por el otro lado hubiera bastado con deshacerme del bigote de una buena vez. Pero me conosco, entonces hubieran llegado las preguntas. ¿Y qué si no hubiera patos en el lago del Parque México? o si en vez del lento parque tuvieramos sólo una autopista posmoderna. ¿Qué si el viento no viviera entre mi pelo, ni mis manos fueran cálidas, o inquietos mi ojos? ¿Y si yo tuviera escamas en los labios? ¿o dos narices? ¿o simplemente bigote? ¿Me besaría Clori sus besos tan necesarios todavía? ¿Amaría mi boca si no fuera creación suya?

Por eso yo nunca la besé. Sus besos no existían para mí y yo, el que estorbaba tan cargado de bigote entre toda esa belleza, el que ofendía su hermosura, no hubiera podido jamás aventarla sobre la banca del parque para tenerla ahí mismo. Ay Clori, y yo tan tuyo, con tus ganas de probar que por tu boca cortaría hasta mi bigote, mientras esperaba que me amaras a pesar de todo el bello facial de todos los parques juntos.

lunes, 22 de octubre de 2007

De por qué las aves no usan sombrillas 2a parte

Cuando era todavía una niña, el personaje de esta historia, que aparenta más de 65 años aunque quién sabe, leía sobre los pájaros y los paraguas. Los pájaros no usan palabras (ella no lo sabía), tampoco paraguas. Los pájaros, especialmente los negros, aunque esto sea por razones de índole irresoluta e inalcansable para el pensamiento positivo-cientifisista, dejan que la lluvia caiga desde la punta de sus narices (claramente los pájaros tienen nariz), hasta la última pluma de su ala izquierda (o derecha despendiendo de la posición del observador o del pájaro), para que cargadas por su insólito deber de caída, se pierdan en el abismo que es todo aquello que se encuentra abajo del pájaro.

Ahora, evidentemente hay quienes vuelan bajo porque abajo está la verdad, eso es claro, pero precisamente por eso los pájaros vuelan cada vez más alto. El personaje de esta historia (¿historia?) no parece dudar ni un momento que, de poder permanecer en las alturas, los pájaros jamás volverían al suelo. También los sueños caen, pero los sueños de los pájaros sin duda caen más fuertemente pues caen desde más alto. Habría que hacer un estudio -pensaba- relacionando los temblores con la caída del sueño de un pájaro. Ella nunca soñó que volaba, ni intentó decirlo, ni se arrepintió de no haberlo hecho. Por mi parte no sé si las aves soñarán, no lo sé y la verdad que no quiero averiguarlo, si un pájaro negro con o sin paraguas viniera a confesarme sus sueños, seguramente los escucharía gustoso, pero si no, tampoco pienso averiguarlo por mi parte. Los sueños de un ave deben ser grandes secretos, y los secretos de un ave deben ser altos sueños.

En parte, sólo en parte, los sueños son como un ave, pero sólo en parte. Realmente las aves son como un sueño -pensaba, mientras reclinaba la cabeza hacia atrás, sentada en el parque de la conchita, y enredaba su mano entre sus canas. Yo lo observaba sin que se diera cuenta, no tengo plumas, pero alguna vez también aparenté más de 65 años, aunque uno nunca sabe. Si yo tuviera plumas, seguro que ella hubiera podido quitarme una por una, y yo hubiera sentido un piquete cada vez que arrancaba una de ellas con sus manos viejas y cansadas. También hubiera podido quitarle todas sus plumas una a una, y la hubiera tenido ahí mismo, bajo la lluvia, sobre nuestras plumas en el Parque de la Conchita.

Pero para eso habrá tiempo en la vejez. Mientras tanto yo todavía saco mi paraguas en las tardes lluviosas, y camino observando el suelo, por si el reflejo de algún ave se me llueve.

jueves, 18 de octubre de 2007

No sé que de las aves (1a entrega)

Nota preeliminar: Dada la extremada dificultad de las preguntas sin respuesta que dejó mi última entrada, me he propuesto, no intentar contestarlas, pero sí crear una serie de entradas lo suficientemente abstractas para no dejar cabida a preguntas concretizables. Con este afán puramente poético (así se me ha dado llamarle), comienzo esta serie de textos bajo el título de "No sé que de las aves", que así se me ha dado llamarle.


De por qué las aves no usan sombrillas (versión para Hechos y dichos de Efigenio Bacardi)

No eras tú de alas ni sequías ni quién para escaparte. Canzada de sillones y de nubes -de esperas y de salas de espera-, mirabas por aquella ventana tuya y tan de agua como soñando vuelos o caídas, haciendo el gesto de los muertos en la historia.
Sin embargo, y esto debe quedar bien claro, no cae la lluvia aquí para evadirte. No, ni cantan para ti los sapos su canto sacro y perezoso; ni te esperaba ningún viejo con su reflejo gris sobre la acera y el dobladillo en trozos, los niños cazadores de resfriados, los barcos de papel en un acotamiento de autopista posmoderna, ni se hicieron para ti los puentes ni los pasos peatonales... ni te esperaba, en fin, el ave, bañándose en instantes de caída. No, ni tú podías saberlo...
Ni creo que lo supieras, pero los pájaros detestan las sombrillas.
Por mi parte fui, si acaso, testigo incerciorable del acto más liberador: súbitamente tú, girando la perilla de una puerta que era polvo, trazaste el gesto de un instante de caída suspendido y abriste la sombrilla por hacer un vuelo del abrirla.
Alada así, y a pesar de todo, goteaste lento por las calles.