martes, 22 de marzo de 2011

Ella estaba de pie. Apresurando el paso sentía la alteridad de la tarde. Alteridad, vaya palabra en desuso, pero así era ella, una arqueología de las expresiones matutinas. Quizás deba decir que no era muy guapa, pero llevaba una tormenta en la cintura. Cada vez que alguien volteaba a ese estrechamiento de su parte media, era la revolución o su memoria la que devolvía un estallido de pólvora. Pero hay que decirlo en sentido amplio, no era solamente su capacidad sensual,sino el vaivén propio de las mareas; cercana a la playa como había sido desde su infancia, la ciudad que ahora acaparaba sus avatares de adulta lucia insulsa y descolorida.

Pero volvamos al presente, a ella orbitando otro plano. Había visto el atardecer tantas veces morir con el sol colgado de lo más alto de un árbol, y por eso de pie frente a la ventana, esperaba al menos las fanfarreas anunciando su precipicio. También se habría conformado con la mirada de las palomas, incapaces de manos profanatorias

sábado, 5 de marzo de 2011

Este Blogg nació de un cuento de Borges

Se había dejado invadir por el sabor de la sopa fría. Generalmente, el gusto ácido en su boca acrecentaba las ganas de la cerveza oscura mezclándose en el paladeo de las partes más saladas, como la galante mezcla de una […].

El sabor de la sopa le gustaba por el parecido indecente con los platos vertidos sobre el vientre de su amante. Con la lengua se encargaba de retirar el líquido extendido a ras de piel.

-No puedo decir lo impensable

Las manos artríticas sobre la escritura, el encuentro candente con una lengua

Una taza de café al borde de la melancolía

Los movimientos convulsos de un pez afectado de aporía

Por todo eso del gran incendio del mundo

La media noche

sábado, 19 de febrero de 2011

Qué se puede decir. Desaparecías, yendo cuesta arriba hasta convertirte en un pequeño punto tambaleante en la horizontal. Pensaba en las moscas; las que volaban patas arriba se mantenían como flotando junto al suelo raso, hasta tocarlo suavemente en un ascenso perfecto. El sol, seguramente. Había pensado tratando de justificarme. Pero estaba ahora la noche, días después con las manos queriendo la escritura, queriendo la bebida tibia en la garganta, o al menos ese fuego de las letras esquivo hasta el paroxismo latiendo tras los papeles hacinados en la parte baja del sillón, o haciéndose saber hastiados desde la repisa, con esa forma de mostrar las puntas inclinadas en la dirección de la ventana. Lo indefinido tenía la cara del amanecer. Ya hacía mucho que se había presentado con la expresión de un perro, lengua fuera, rechinando al compás de las piedras. Se levanta una de esas piezas líticas, y de inmediato se ha fundado la civilización, vaya desmadre. Desvarío. Este es un hábito de locos. Mejor las moscas y tu, pequeño punto. Mejor tu y las moscas. Con más piernas que el aire.

sábado, 5 de febrero de 2011

Moloch who entered my soul early! Moloch in whom I am a consciousness without a body! Moloch who frightened me out of my natural ecstasy! Moloch whom I abandon! Wake up in Moloch! Light streaming out of the sky!"

Howl

Allen Ginsberg (1926-1997)

domingo, 9 de enero de 2011

BC Rich y Didascalias

jueves, 6 de enero de 2011

lunes, 13 de diciembre de 2010

X,T,C,SA, Mesa de la Hierba

Mira todas esas formas que van surgiendo como augurios en torno al cielo. Le dije, mientras la veía mover la rama de un lado a otro, haciendo espacio para poder caminar. Se detuvo. La música había cesado, dejando en su lugar el rumor de los pinos, el avanzar sigiloso de los grillos. La naturaleza oculta la mayoría de las veces su lado siniestro, ese modo de imponerse una ley en contra del orden que se quiere dispuesto por Dios, o alguna metempsicosis colectiva: Los gatos monteses son devorados por las cabras, o los coyotes son transformados en ungüentos para aliviar cosas tan desarticuladas como las desconchabaduras. Pero hacía mucho que el magnetófono había cesado de reproducir su letanía. La tarde traía un sol indeciblemente fragmentado y solo podíamos seguir caminando. La sangre de los reptiles. El olor de la leña calentando el interior de alguna casa, o haciendo hervir el preparado de la comida. Eso era fragmentado, moviéndose a una misma velocidad para asemejar constancia, para aparentar un flujo. Lejos había quedado la casa dispuesta en un desorden elemental y justo, abierta a los cambios palpables con los pies descalzos. Ahora frente a nosotros estaba el arrebato de las hojas, imponiéndose en varias capas de densidad visible. Yo te dije… pero entonces un crujir partió el camino entre el lodo y las hormigas. Una mula cargaba un montón de leña, trayendo detrás de sí el cansancio de la mañana. Abordamos el camino, que seguía bajando. Saltaste por entre los millones de hormigas; Tomaste algunas y las hiciste subir en ti para después dejarlas reposar en los murales pintados de un libro. Todavía no lo sabíamos, pero más adelante habría frutos de café, y cosas frescas para dejar caer por la garganta. Por el momento había la vegetación densa, y el recuerdo de un descanso en la base de un árbol, que había traído letras lejanas, de Astillero. Un tal Larssen o Juntacadaveres, demacrado, como un espectro en vida, volviendo del exilio para dejar su marca pardusca en las barras de los bares, entre los iris de comensales más atentos al sabor dulzón de la salsa que a la aparición de un fantasma. Nuevamente te vi dirigir la orquesta con tu rama. Así había más espacio para dejar al hambre llegar desde el exterior de las mandarinas. El libro, por cierto, de dimensiones considerables que albergaría a las hormigas, era de esos que te gustaba llevar bajo el brazo, con la esperanza de hacer surgir un libro más pequeño en su interior, a fuerza de tanto aire y sol y hormigas revolviéndolo como arcilla. Las mulas nos gustaban. Había una blanca comiendo apaciblemente sobre una pendiente, acomodándose para acceder al montículo de hierba. Era blanca, y nos recordó a Constancio Cloro. Yo inventaba la imagen que me permitía recordar en base a lo que me habías contado antes, entre pergaminos rugosos, y tipos rellenos de tinta, para percutir el tambor giratorio. Pero era Constancio Cloro de nuevo. Estaban las montañas después cultivadas, y esa sensación de haber visto antes inscrito en una flecha Mountain. Era así el sopor de la tarde anterior, traído a otra tarde, donde solo faltaba la niebla.